“Talentos ocultos”, la película que muestra cómo el racismo casi le hizo perder la carrera espacial a los EEUU

febrero 2, 2017

Principios de la década de 1940. Estados Unidos y Alemania se encuentran enfrascados en una guerra cuyo final podía ser tecnológico: la bomba de todas las bombas, la que arrasaría al enemigo de manera incontestable.

Ambos países comienzan a explorar el territorio de la fisión atómica, pero uno de los dos decide expulsar a sus físicos más brillantes con la excusa de su religión o etnia. El otro gana la guerra.

Década de 1960. Otra guerra de base tecnológica. La Unión Soviética ya había enviado a animales (Laika) y a un humano (Yuri Gagarin) a orbitar la Tierra. Estados Unidos estaba en veremos, con problemas técnicos para desarrollar vehículos que dieran la vuelta al globo y pudieran traer a seres vivos de regreso. La solución, o al menos parte de ella, estaba relativamente al alcance, pero cundía la segregación: los afroamericanos (todavía eran “negros”) tenían baños especiales, bares especiales, y lugares al fondo de los buses para sentarse. Los blancos no querían juntarse con esa chusma. Incluso la NASA, organismo científico-militar y por el primero de esos términos con algún grado de apertura, ejercía el racismo y dejaba que sus mujeres calculistas negras estuvieran en un sótano, apartadas.

Eso es lo que denuncia la película Talentos ocultos (Hidden figures, tres nominaciones al Oscar, fecha de estreno 2 de febrero en Argentina): en un combo con ligeros matices con la realidad histórica, cuenta cómo tres matemáticas negras pudieron hacerse paso en medio de un sistema machista y blanco, al punto de que una de ellas (Katherin Globe-Johnson) fue clave para el primer vuelo orbital de ese país, el de John Glenn en febrero de 1962 en el cual se jugaba la autoestima nacional frente al enemigo ruso (“que no puede hacer heladeras pero viaja al espacio”) y las chances de alcanzar la Luna primero que todos. Otra, Dorothy Vaughan fue la primera en operar una máquina compleja de datos; y la tercera, Mary Jackson, la primera ingeniera negra de esa agencia espacial norteamericana.

Más allá de las precisiones fácticas o no a conveniencia de guionistas y del relato, no parece casual que la película, que en ocasiones parece un manifiesto a favor de la igualdad y la ciencia, se estrene justo en momento en que la presidencia de los Estados Unidos quedó en manos de alguien que deliberadamente se propone restringir libertades y echar gente con las mismas excusas de hace un siglo. La pregunta pertinente es: ¿qué clase de guerra le estará haciendo perder el racismo a ese país?

firma_Martín

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