Obsolescencia programada, consumismo y el cuidado de los recursos

abril 6, 2015

El origen del término “Obsolescencia programada” se remonta a los años 30 del siglo pasado como iniciativa de los productores de lámparas incandescentes para reducir el número de horas de vida útil. En el contexto de crisis, era necesario determinar la vida funcional del producto para favorecer los ciclos de producción y venta.

En 1881, Edison había desarrollado una lámpara que duraba 1.500 horas. Ese  modelo rápidamente fue superado por otros que llegaban a superar las 2.000 horas de uso. Esto llevó a los fabricantes a ponerse de acuerdo en la producción de lámparas con filamentos más débiles que obligaran a reemplazarlas en menor tiempo.

La obsolescencia programada significa proyectar la vida útil de un producto o un servicio marcada por el fabricante en la fase de diseño, con el objetivo de limitar el tiempo de uso para obligar a los consumidores a comprar uno nuevo.

Aplicada no solo al mercado de las lamparitas, la obsolescencia programada se comenzó a utilizar en el diseño de todo tipo de productos. Como las medias para mujeres, por ejemplo, que antes eran de un material muy resistente. Los fabricantes, al darse cuenta de la imposibilidad de vender más, ya que no se rompían, decidieron hacerlas de un nuevo material menos resistente, con lo cual las mujeres se verían obligadas a comprar otra vez el producto.

Esta iniciativa y la incitación al deseo de compra (moda, diseño, marketing, etc.), durante el siglo XX ha favorecido el crecimiento económico fomentando, en ocasiones, el consumismo.

En la actualidad, la obsolescencia programada se aprecia en la mayoría de productos, pero sobretodo en los tecnológicos, que sufren una renovación constante y con ciclos de uso cada vez menores, con la consecuente afectación al medio ambiente y a la disponibilidad de recursos.

Los desechos electrónicos son un verdadero problema para los gobiernos del mundo, ya que la disposición final de algunos materiales es riesgosa, porque la basura electrónica posee componentes altamente contaminantes, como las pilas, plásticos y otros materiales peligrosos para la salud, cuya degradación demandará siglos.

Ejemplos a nuestro alrededor sobran: computadoras que se descartan por falta de memoria RAM o espacio en el disco rígido, teléfonos móviles a los que les falla la batería y nos venden un nuevo modelo, lavarropas que se rompen a los cinco años de vida y resulta más económico comprar una nuevo que reparar. Un caso es particularmente llamativo: algunas impresoras vienen integradas con un chip que realiza un conteo de las impresiones e inhabilita la máquina después de un número determinado de impresiones.

Hace algunos años, para elegir un producto se tenía en cuenta ante todo su calidad, que aseguraba duración y fácil reparación.

Pero el mercado ha cambiado. Los patrones de la moda influyen en el cambio de productos, que son asociados a la calidad de vida, actitudes y emociones. El inconveniente es que las modas cambian en periodos muy cortos de tiempo, para todos los productos que nos rodean.

Entonces el principal problema radica en los recursos naturales empleados en la fabricación de estos productos que son diseñados a propósito con una corta duración. Este sistema no hace más que generar demanda de los escasos recursos naturales de nuestro planeta. El litio, por ejemplo, que es utilizado en los productos tecnológicos para componentes y pilas. Su presencia en el planeta es escasa y muy concentrada en pequeñas áreas geográficas, como algunos países andinos. El incremento en la demanda de los últimos años ha provocado un aumento de los efectos ambientales causados por su extracción.

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