“En 1995 conseguimos la titulación colectiva y desde entonces estamos luchando para que se reconozcan más de cien mil hectáreas que fueron nuestras desde que éramos cimarrones (esclavos escapados). Esta tierra y este bosque es de todos los que estamos en la comunidad, es de Cocomasur”, dice la líder Everildys Córdoba.

“Todo era culpa del smog. Si el canario no cantaba, si se retrasaba el lechero, si el pequinés tenía pulgas, si un vejestorio de cuello almidonado sufría un infarto camino de la iglesia la culpa era del smog” escribe Raymond Chandler en una de las novelas (El largo adiós) protagonizadas por el investigador privado Philip Marlowe, datada en 1954 y situada en Los Ángeles y zona de influencia.

Una golondrina no hace verano, pero un pingüino rescatado en Dock Sud, a pocos kilómetros del Obelisco porteño, sí hace cambio climático. O al menos podría ser una consecuencia –otra más- de la inmensa cantidad de modificaciones, alteraciones y brusquedades a la que están siendo sometidos naturaleza y sociedades debido a la actividad humana industrial.

La historia de la ciencia, digamos al menos unos 2500 años en busca de conocimiento, es difícilmente condensable. Hipótesis, datos, acumulación de hechos, datos contradictorios, revoluciones epistemológicas, cambios de paradigmas, más datos. En fin, lo más lejano a una continuidad narrativa que se pueda imaginarse.

Una iniciativa de científicos argentinos busca tener una radiografía lo más exacta posible de cómo se duerme en el país, para tener datos que nunca se tuvieron y eventualmente proponer modificaciones en rutinas y costumbres. Esa es la idea de un equipo que lidera el cronobiólogo y divulgador del Conicet y la Universidad de Quilmes, Diego Golombek.